Unos cuantos pasos más, y el caminante se difuminará en el horizonte. Su alma, siempre ligera, se desprenderá de todo artificio atesorado a lo largo de la travesía. El cuerpo relaja sus músculos ante el ansiado descanso.
Es momento de desvelar los rostros para quienes intentan adivinar una silueta albergada por el sol y engendrada por la tierra.
Cobardes y miserables mantendrán su huidiza mirada fija en la huella que hizo temblar sus ridículos naipes.
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