Mente y cuerpo, condenados a entenderse, traicionan a quien los une. La primera, dispersa y soñadora, abandona al segundo en cada tarea laboriosa o situación comprometida. El, mimado por ella, rehuye el esfuerzo y la persuade de sus carencias.
Quien gobierna y coordina a ambos, sólo tiene un destino, la felicidad.
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